9/7/20

Mundial 2020.

El 1 de julio empezó la segunda edición del Mundial de Escritura. El desafío parecía interesante: había que escribir por lo menos 3000 caracteres por día, durante 14 días, sobre determinadas consignas. Me inscribí muy entusiasmado, pero una vez iniciado el certamen me acordé que toda mi vida había sido publicitario. Aclaro: me acordé que me gustaba escribir guiones de… 30 segundos. Textos de… 10 líneas. O titulares de… 5 palabras. ¡3000 caracteres por día era una maratón! Así que al cuarto día abandoné. Igual algo escribí y me gustó hacerlo, lo que no me gustaba era la presión del delivery diario… Por si a alguien le interesa leerlas, voy a ir publicando mis “4 piezas únicas” más un bonus track que nunca mandé. Jaja.

Ella, allí.

CONSIGNA 1: Escribir un perfil de la persona que amé en secreto y la historia que no fue.

La vi y la amé. Sus ojos, sus cejas, su nariz, su boca. Todo en ella era perfecto. En mí, no. También tenía ojos, cejas, nariz y boca, pero distaban bastante de aquella perfección.

Por aquellos años recitábamos como un mantra aquella frase que nos había revelado el zorro de El Principito, “lo esencial es invisible a los ojos”, pero la invisibilidad de lo esencial no aplicaba al levante. Funcionaba muy bien en los libros, en los poemas, en los posters, sobre todo en los “posters del tiempo”, pero a la hora de la verdad no se lo vendías a nadie. O al menos no a una diosa como ella.

La belleza como actitud todavía no se había puesto de moda… Ya existían Belmondo y Gainsbourg, tal vez los primeros feos con onda de la historia moderna, pero ellos hablaban francés. Y eran Belmondo y Gainsbourg. Y Julia Roberts todavía no se había casado con ese cantante tan feo con el que alguna vez se casó.

Estaba claro que yo no tenía muchas posibilidades. Sin embargo, no me resignaba. Aunque tampoco me animaba a contárselo a nadie. Era realmente un amor secreto. Y suponía, mal, que sólo era amor de 1 día…

Recuerdo exactamente aquel día. Yo estaba llegando a mi trabajo y, de repente, increíblemente, ella estaba allí. Fue tal el deslumbramiento que no estaba seguro si la había visto o si la había soñado. Pero al día siguiente volví a encontrarla. Y al día siguiente del siguiente, otra vez. Y al siguiente del siguiente del siguiente, de nuevo.

Ella no me miraba, creo que ni siquiera me registraba, pero estaba seguro que algún día iba a suceder. Y cuanto más tiempo pasaba, más le encontraba una mirada inteligente que (pensaba yo) sería capaz de descubrir lo esencial. ¿Qué esencialidades tenía yo para ofrecerle? Bueno, eso después se vería… Lo importante es que cuanto más tiempo pasaba, más coraje iba tomando. Y un día lo decidí: si hoy la vuelvo a ver, hoy la encaro. Hoy le digo. Hoy le declaro mi amor…

Pero llegado el día, ella ya no estaba. La habían reemplazado por una enorme botella de Coca-Cola alrededor de la cual 2 idiotas tomaban y se reían quién sabe de qué… En las partes claras de la foto todavía se podían entrever algunos de sus rasgos, aunque poco.

Pasó un tiempo, bastante tiempo, y me fui olvidando de ella. Todos los días atravesaba el lugar de siempre y, aunque no miraba expresamente, me daba cuenta que allí seguía la pareja de idiotas. A la que después reemplazó un señor que tomaba whisky en un sillón. Después otro señor que fumaba y largaba humo de verdad por la boca. Y después, ni me acuerdo.

Pero un día, uno de esos días en los que ocurre lo inesperado, ella estaba de nuevo en su lugar. Se la veía distinta, con otro color de pelo, otra mirada, otra actitud, otra onda… pero eso no tenía nada de malo. Lo malo es que, envuelta en el ajustado jean que la esponsoreaba, abrazaba a un señor muy pero muy fachero, con todo lo visible a la vista.

Me sentía engañado, frustrado y decepcionado. ¿Qué había sido de aquella diosa que era capaz de ver más allá? ¿Cómo había sido capaz de traicionarme de ese modo?

Crucé la calle, rumbo a mi trabajo, desolado, puteando en silencio a Saint-Exupéry.

Bomberos virtuales.

CONSIGNA 2: El planeta está en llamas, en un minuto todo explotará.

Año 2055, creo. La profesión en la que trabajé toda mi vida ya no existe, pero buscando y buscando descubrí una segunda vocación: bombero virtual. Es como lo que hacían los bomberos de antes, pero desde un control central. Un lindo trabajo para la tercera edad. No hay que subir escaleras, ni arrastrar mangueras, ni sufrir quemaduras. Todo se reduce a estar sentados, mirar pantallas y apretar botones para que el agua vaya para allí o para allá… como en esos videojuegos que jugábamos de chicos, pero a lo bestia y mojando.

Hace un par de meses que empecé y ya me tocaron 2 o 3 incendios, de cabotaje diría, pero lo de hoy es una superproducción. Parece que el mundo entero está en llamas y, según dicen, en unos minutos todo va a explotar. Qué cosa. Tomé este trabajo casi como un pasatiempo, algo como para no aburrirme y, de sopetón, se puso interesante.

Debería buscar las instrucciones que me dieron cuando ingresé, así veo el famoso protocolo del fin del mundo… jeje… cómo les gusta esa palabra, pero la verdad es que no lo encuentro. Para tenerlo siempre a mano lo había guardado junto con mis pañales descartables, pero tampoco me acuerdo dónde guardé los pañales. Me parece que es más emocionante improvisar.

Como pueden ver, delante mío… bueno, delante nuestro debo decir, ya que somos varios “muchachos” los que estamos a cargo del operativo… hay un montón de pantallas en las que podemos visualizar todo lo que se está incendiando en el mundo. Nuestra misión es apagar el fuego, pero –para no entrar en la rutina, algo muy peligroso a nuestra edad- nosotros lo hicimos más divertido: a lo que nos gusta le mandamos el chorro de agua. A lo que no, nos hacemos los boludos.

Miren ahí. ¿Ven eso que parece una torta de casamiento flambeada? Es el Congreso de la Nación Argentina. Eso, por ejemplo, no lo vamos a apagar. No es que lo vamos a quemar… no, nunca haríamos eso. Sólo lo vamos a dejar ser. Le sacamos el audio para no escuchar los gritos, no somos morbosos… pero no podemos apagar la imagen… Tenemos que mirar para estar seguros de que todo termine bien… o mal; bueno, como prefieran.

Esa otra torta más lujosa… la que se ve allá arriba, es el Vaticano. Con esa hay discusiones. Algunos les quieren mandar el chorro, otros no quieren saber nada. Yo, por las dudas, no me meto. Creo que vamos a terminar tirando la moneda.

Esa casa chiquita… bueno, chiquita comparada con el Vaticano… es la de Marcelo Tinelli. ¿Pueden creer que todavía está vivo? Como seguro le va a tocar el infierno, se lo vamos adelantando, como para que entre en clima.

Y aquel edificio, ese grandote y sólido, es la sede de la AFA… o de la FIFA, algo así. Ese también lo dejamos que fluya.

La verdad es que no le hacemos mal a nadie. Sólo nos divertimos un poco. Hay quienes se ponen radicales y nos tratan de incendiarios, de asesinos, de viejos locos… Puede ser. Pero si esto realmente termina explotando, si el planeta se termina y todo vuelve a empezar… van a ver que, aunque no lo crean, nos lo van a agradecer.

Portero visor.

CONSIGNA 3: Mi abuela es el lobo feroz.

La tele se había vuelto aburridísima. Las novelas ya las sabía de memoria. Los noticieros repetían siempre la misma historia. Y hasta en los almuerzos de Mirtha se veían siempre las mismas caras. O se veían caras nuevas, pero de los mismos invitados.

Las chicas con las que jugábamos a la canasta se habían ido dispersando por distintos barrios: una en Chacarita, otra en Liniers, la más paqueta en Recoleta. La única que quedaba viva me ganaba siempre, así que a ésa prefería no verla.

Y mi hijo hacía lo que podía. O lo que mi nuera le dejaba hacer. Venía cada tanto, tranquilizaba su conciencia y después se mandaba a mudar.

Por eso, cuando en el edificio instalaron ese aparato sentí que volvía a vivir. Yo soy de la época en la que, cuando te tocaban el timbre, mirabas por la mirilla. El portero eléctrico ya me había parecido una revolución. Pero cuando apareció el portero visor sentí que había entrado en el futuro.

Era increíble cómo ese cachivache tan sencillito podía ofrecer tantas emociones.

Al principio le tenía un poco de desconfianza. Pensaba que así como yo veía a los que llegaban, ellos me veían a mí. Siendo que a veces no estaba presentable, esa posibilidad no me gustaba mucho. Pero una vecina me lo explicó muy clarito: el portero visor era como un embudo y yo estaba del lado finito.

Esa revelación me convenció. Tanto, que no dudé un segundo en sacar el sillón que desde hace 30 años estaba instalado frente a la tele y reinstalarlo justo frente a la pantalla del nuevo “canal”.

En pocos días podía saber con exactitud quién llegaba a cada hora, quién venía de visita, quién pedía empanadas, quién pedía pizza, todo…

Después de un par de semanas había armado una programación perfecta… aunque, después de otro par de semanas, me empecé a aburrir. De nuevo.

La entrada y salida de mis vecinos se había vuelto un poco monótona, no era tan emocionante como me había parecido en un principio. Todo era demasiado previsible, rutinario… Entonces decidí convertirlo en algo más entretenido.

Empecé de a poco. Lo primero que se me ocurrió, cuando veía que alguien salía, era fingir una voz y pedirle que volviera a su casa. Era una pavada, pero me divertía ver cómo mis vecinos iban y venían sin ton ni son.

Después empecé a meterme con los que entregaban comida. Como estaba siempre en la pantalla, podía atenderlos antes de que tocaran el timbre, así que los abarajaba y los mandaba para cualquier lado.

Lo mismo hacía con los Testigos de Jehová. Lo que más me gustaba era enchufárselos a las vecinas más chupacirios.

Un día llegó de viaje el marido de la de arriba. Yo sabía que la fulana tenía otro fulano y, por los ruidos que escuchaba, sabía que estaban en acción. No lo dudé. Lo mandé derechito a su casa… Reconozco que cuando oí los gritos me agarró un poco de remordimiento… y cuando me enteré de lo del divorcio, un poco más… pero qué culpa tenía yo.

Hasta que un día, en una reunión de consorcio, decidieron sacar el portero visor. Parece que a la gente le producía mucho estrés.

Volví a correr el sillón a su lugar histórico y volví a mirar a Mirtha. Sí, Mirtha seguía.

Sin embargo, la aventura del aparatito me había dejado con ganas.

Aunque los vecinos se quejaban, el edificio había tomado vida… Y la verdad es que nadie sospechaba de mí. Todos seguían cediéndome el paso, llamándome abuela o mamita, tratándome con un cariño condescendiente (que incluía un innecesario tuteo)… absolutamente hinchapelotas. Creo que esa es la palabra adecuada.

Ahí fue cuando empecé a experimentar con el ascensor. Me levantaba a la madrugada y estudiaba la reja. Con un banquito llegaba hasta la parte de arriba y veía una cosita retráctil que impedía que la puerta se abriera cuando el ascensor no estaba en el piso. Era como un seguro o algo así. No sé, eso es lo que escuché que decían.

Lo otro que escuché fue el plop del vecino del décimo. Seco y rotundo. Pobre muchacho, se ve que salía apurado. ¿Por qué corre tanto esta juventud?

En fin… es triste, bastante triste… pero no hay mal que por bien no venga. El edificio volvió a tomar vida. Vino la policía, vino Crónica, tenemos tema para unos cuantos días…

Yo sé que en un par de semanas esto se va a acabar y es muy posible que me vuelva a aburrir… pero no me preocupo: seguro que algo se me va a ocurrir.

Cine.

CONSIGNA 5: Hacer listado de palabras. Elegir una. Usarla como título.

Todos tuvimos un cine en nuestro barrio. Por entonces todavía había varios cines en cada barrio, pero había uno que era especialmente propio.

El mío era uno que tenía ínfulas de palacio, pero de palacio un poco decadente, como de una aristocracia venida a menos. En realidad no podía imaginarlo en su plenitud, no podía pensar que alguna vez hubiera sido esplendoroso. Su encanto venía precisamente de su decadencia, de su humedad, de cierto olor que lo identificaba y que no evocaba jardines de rosas.

Era un olor medio rancio, mezcla de pis con amoníaco, que a ciertas horas se mezclaba con otro, inconfundiblemente a sopa, que claramente salía de la cabina de proyección.

De todos modos, no íbamos allí a oler, íbamos a ver. Y cuánto había para ver.

Por empezar, ese infaltable telón-tanda donde convivían armoniosamente la rotisería, la farmacia, la funeraria, el zapatero, la panadería, la peluquería y todos los cuentapropistas del barrio que querían alcanzar, sobre esa tela, sus 5 minutos de fama. Honestamente no era muy lindo, pero era útil para amenizar la espera… ¿dónde dice “El gran raviol”… dónde dice “La sana sana”? ¿dónde dice “Su pregunta no molesta”?

El programa arrancaba a eso de las 2 de la tarde, a pleno sol, y terminaba a eso de las 7, con las primeras luces de la noche.

En el medio, el mundo entero se desplegaba ante nuestros ojos, sobre una pantalla un poco amarillenta en la que nunca veíamos menos de 3 películas… 4, a veces, si nos quedábamos a la primera de la función nocturna.

El sonido era a pedido. Si había cierta cantidad de espectadores se escuchaba más o menos bien. Pero si los autoconvocados éramos pocos, había que pegar un chiflido para que el operador se despertara y le diera un poco de gas.

Posiblemente mi cine se parecía mucho a cualquier otro cine de barrio de los que había por entonces… Sin embargo el mío tenía algo especial.

No ocurría siempre, pero cada tanto… misteriosamente… algo de la película que estaba viendo traspasaba la pantalla y se ubicaba en la butaca de al lado… o a lo sumo a dos o tres butacas de distancia. No me daba cuenta cómo ocurría, pero ocurría.

Uno de mis primeros hallazgos fue un sombrero. Poca gente seguía usando sombrero, pensé que un espectador medio chapado a la antigua se lo había olvidado. Pero cuando me acerqué a él y lo tuve en mis manos, me di cuenta que era el mismísimo sombrero asesino de Oddjob, el asistente coreano de Goldfinger.

Miré a mi alrededor, todos estaban concentrados en la película… Discreto, lo escondí en mi campera y lo llevé a casa.

Curiosamente ni mi papá, ni mi mamá ni mi curiosa hermana se dieron cuenta que traía algo debajo de mi abrigo… así que enfilé para mi habitación, me subí a un banco y lo guardé en el estante más alto de mi ropero.

Algunos días más tarde, de nuevo en el cine, algo brillaba a unos metros de mi butaca. Esta vez “la cosa” no estaba tan cerca, por lo que tenía que ir butaca por butaca, aprovechando los momentos de más tensión de la película, los momentos en los que los espectadores menos miraban para los costados…

Supongo que, visto de lejos y en la oscuridad de la sala, parecía una rana que iba saltando de charco en charco… pero la búsqueda valía la pena: lo que brillaba era nada menos que el casco de Peter Fonda, buscando su destino.

Esta vez no iba a ser tan fácil salir de la sala y menos entrar a mi casa sin ser interrogado. El casco era más que evidente debajo de mi brazo… pero no. De nuevo, nada. De nuevo, al estante del ropero.

Me moría por contarle a alguien lo que me estaba pasando, pero no quería cortar la racha.

De a poco me fui haciendo una colección: la cámara de fotos de Blow Up, unos libros quemados de Farenheit 451, el hueso de 2001, el cuchillo de Norman Bates, la bikini de Barbarella, el carrito de Rosemary… todo iba a parar al ropero (el estante ya no alcanzaba). Nada tenía explicación.

Hasta que un día, fatalmente, desembarcaron los pastores y el cine se transformó en un insufrible “pare de sufrir”.

Yo ya no era un niño, ni siquiera un adolescente, pero seguía siendo bastante ingenuo. Por lo que un día me decidí y entré en el templo. Quería saber si todavía quedaba algo de aquella magia… alguna clave que me ayudara a descifrar el misterio que me había acompañado durante tantos años. Pero no había nada. Nada de nada. Todo estaba tan vacío como mi ropero.

Detective en cuarentena.

CONSIGNA 4: Un día en la vida de un detective privado… en tiempos de coronavirus.

Lo llamaban el sabueso. Y no era una exageración. Tenía un olfato infalible y no había nada que estuviese fuera de su radar.

Partía de la base de que todo sujeto era sospechoso y desde allí investigaba e investigaba hasta que lo identificaba con pelos y señales.

Cuando recorría las calles no había detalle que se le escapara. Cada cuerpo, cada sonido, cada sombra quedaban grabados en su disco duro con una fidelidad absoluta.

Y dentro de su propia casa era capaz de registrar cualquier movimiento, cualquier alteración del orden, cualquier cambio… por mínimos que fueran.

Hasta que llegó aquella cuarentena.

Dicen, sus más cercanos, que la intensificación de sus recorridas, con la consiguiente acumulación de datos que eso conllevó, superó su capacidad de almacenamiento y fue la causa de su enloquecimiento.

Puede ser. Es una hipótesis.

Personalmente creo que la razón fue otra: acostumbrado a tener todo bajo control, una nueva presencia, cercana y contundente, lo descolocó.

¿Quién era ese sujeto que inesperadamente había aparecido en su vida? ¿Cómo había logrado infiltrarse en su intimidad sin que nada lo preanunciara? ¿Cómo no podía reconocer su fisonomía, justo él, a quien nada se le escapaba?

Su extraordinaria capacidad detectivesca había sido puesta en jaque. Y algo peor: el sujeto no parecía sentirse intimidado en lo más mínimo por su acoso.

Durante días y semanas, lo siguió sin perderle pisada. No era fácil hacerlo ya que el sospechoso tenía una rara habilidad para despistarlo. Avanzaba en una dirección, de pronto frenaba y, sin ninguna razón lógica, volvía sobre sus pasos. De pronto parecía seguir un camino previsible, pero tampoco… En un giro desconcertante cambiaba de rumbo y tomaba el camino más inesperado.

Al sabueso lo exasperaba ese deambular, pero lo que más lo volvía loco era el ruido… ¡ese ruido! El sujeto no era sigiloso, todo lo contrario. Se pavoneaba por todos lados bramando como una locomotora…

Indolente, altiva, la “cosa” iba y venía sin el menor pudor.

¿Qué es lo que era? ¿Un habitante de otro mundo? ¿Un mutante? ¿Un alienígena gritón?

Pasó días y semanas siguiéndole la pista. Ya casi no podía soportar el peso del enigma no resuelto. Estaba enajenándose.

Hasta que un día, imprevistamente, una corriente de aire hizo cerrar una puerta con violencia y quedó enfrentado a su realidad.

La puerta tenía un espejo que la cubría casi completamente. Él miró el espejo, escrutó su reflejo y sin ninguna compasión se dijo: “sos un perro”. Lo cual era cierto, era el perro de la casa. Pero su frase tenía un sentido mucho más dramático: “sos un perro como detective”; eso es lo que realmente quería decir.

Escuchó cómo esa frase resonaba entre sus 2 orejas y se sumió en un letargo de depresión y locura. No comía, no se movía, prácticamente dormía todo el día… pero entre sueños seguía alucinando con el ruido infernal de aquel intruso al que ahora, además, se sumaban las risas de los chicos que parecían haberlo adoptado como a una nueva mascota.

Eso ya había pasado. Un hámster y una tortuga en algún momento le habían quitado el cetro, aunque sólo transitoriamente… a la larga se aburrían y volvían a él. Pero esta vez era distinto: no sabía a qué se estaba enfrentando. Ni su olfato ni su instinto le habían dado una mísera pista sobre el misterioso personaje. Estaba completamente perdido.

Cada tanto, cuando alguna visita llegaba a ver a la familia, lo presentaban como “el sabueso de la casa”, lo que no hacía otra cosa que amplificar la patética visión que tenía de sí mismo. Se sentía un fraude y, dadas las circunstancias, lo era.

Pero un día, milagrosamente, el ruido cesó. Al sujeto no se lo veía por ningún lado ni parecía haber rastros de él. Igual, había que ser muy cuidadoso. Ya sabemos que era bastante traicionero, que iba y venía sin avisar. Y que no se sabía por dónde podía atacar.

Rocky encaró el living en puntas de pie. Nada por allí. Luego se encaminó hacia el dormitorio principal. Tampoco. Sigilosamente entró en el cuarto de los chicos. Menos. Los baños. Menos que menos. A medida que se acercaba a la cocina, el corazón le latía cada vez más fuerte. Parecía a punto de explotar.

Y de pronto, el milagro: coronando el tacho de basura, mitad adentro y mitad afuera, estaba él. Cual OVNI encallado. Tieso, inerte, mudito. Totalmente indefenso.

Rocky se acercó lentamente, extrañamente conmovido. Olfateó respetuosamente su cuerpo, helado como un témpano, y encontró, escritas sobre sobre su brillante carcasa, las palabras que revelaban el enigma. Pero estaban en chino.

19/6/20

Mr Gardel

Con mi amigo Gustavo González estamos desarrollando un "musical de bolsillo" que, si todo sale como lo estamos planeando, estrenaremos en enero de 2021. El proyecto se llama MR GARDEL y cuenta un supuesto encuentro entre Carlos Gardel y Frank Sinatra. Armando la historia -que tal vez no sea real, pero que es muy verosímil- nos pareció que teníamos que hablar con la persona en la que confluían esos dos grandes artistas: Palito Ortega. Palito, además de ser Palito, es el heredero universal de los bienes de Gardel (legados por Irineo Leguisamo) y es quien trajo a Sinatra a la Argentina en 1981. El problema es que nosotros conocíamos a Palito… pero Palito no nos conocía a nosotros. Gracias a la gestión de mi amigo Raúl Naya y de su amigo Carlos Ares pudimos llegar a Ortega quien nos recibió en su casa durante 3 horas y media y nos contó buenísimas historias de Carlitos, Frankie y de sí mismo, con una generosidad y una memoria impresionantes. Coming soon… Mil gracias a los 3!!!

15/5/19

Doblete

Este año nos duplicamos en la Exposición Nacional de Retailers (ENR 2019).

Por un lado hicimos una activación para Coca-Cola y por otro, un stand para SCJohnson.

El concepto de la activación fue presentar el portafolio de productos de la Compañía, dándole cuerpo al “mundo CC”. El objeto principal del espacio era un globo terráqueo dentro del cual las promotoras repartían cocas y sonrisas. A los costados del globo/kiosco se veían un video sobre los productos retornables de CC y el nuevo logo corporativo.

La propuesta del stand de SCJ, en cambio, fue un concepto minimalista, muy limpio, acorde con las características de los productos de esa empresa. Planteando que toda la construcción y los objetos fueran blancos, el único color que sobresalía era el de las marcas.

Por suerte salió todo bien y de paso conocimos el CEC (el nuevo centro de exposiciones de la Ciudad), que es bastante monumental aunque no tan funcional. Como se decía antes… grande pero (un poco) zonzo. Igual, vale la pena visitarlo.



Los responsables por los clientes fueron Leonardo Ferrari y Mariana Belmonte (Coca-Cola), y Soledad Martins, Rocío García Maglione, Francisco Domínguez y Alejandro Dean (SCJ).

22/2/19

Ronald es Mundial

Para estar a tono con el clima mundialista del año pasado, la tradicional cena de Ronald McDonald, de la que Coca-Cola es uno de los principales sponsors, también se vistió de fútbol.

Los que me conocen saben que soy cero futbolero… escasamente me suena un tal Messi. No obstante -y google mediante- nos la rebuscamos para armar una trivia re-tribunera que fue pasión de multitudes… bueno, de la pequeña multitud que participó en la cena (Ronald incluido).

La acción la produjimos para Yes Latam y la realizamos con Omar Di Nardo, Koko Puch, Santiago Durini y Adrián Sobral.



Los responsables por el cliente fueron Laura Graziosi, Agustín Alonso e Inés Vergara.

CC da capo

A principios del año pasado, Coca-Cola nos encargó la producción de la gráfica con la que decoraría sus nuevas oficinas.

Ya habíamos hecho ese trabajo en 2014, en el edificio original, con una propuesta propia que incluía ilustraciones de Christian Montenegro.

En este caso la creatividad no fue nuestra sino del diseñador Julio Ferro. Lo que hicimos nosotros fue producir de la manera más fiel y respetuosa el trabajo de Julio.

Con la invalorable coordinación del maestro Omar Di Nardo más un equipo infatigable (Giselle Quevedo, José Paparatto, Santiago Durini, Ezequiel Moreno y el propio Ferro) pudimos concretar, en un tiempo que parecía imposible, un proyecto que incluía impresiones, realizaciones corpóreas, ploteos de diversos tipos y muchos nerviossss.

Pasado el stress del momento, todos quedamos muy contentos.


El responsable por el cliente fue Carlos Quiroga.

14/5/18

M.A.R.T.A. LIVE!

La semana pasada volvimos a crear y producir el stand de Coca-Cola para la exposición anual de retailers (ENR), esta vez con la participación estelar de M.A.R.T.A., el robotito de CC que desafía a reconocer la nueva CC sin azúcar.

El brief nos pedía hacer un mash-up de M.A.R.T.A.+ Mundial, por lo que el resultado fue una activación muy futbolera y participativa.

El stand se armó como un miniestadio, con minitribuna y todo, en el que M.A.R.T.A. ejerció su rol de jueza, mientras simpáticos promoactores repartían Cocas recreando el acting de los vendedores de cancha, y periódicas sueltas de papelitos creaban un clima de jolgorio general. Un pastiche, muy divertido.


El stand fue realizado por el Arquitecto Santiago Durini. Los responsables por el cliente fueron Leonardo Ferrari y Mariana Belmonte.

12/4/17

Encuentro en la Miami Ad School

Ayer empezó el ciclo que organizó Omar Di Nardo en la Miami Ad School y realmente estuvo muy bien. Los chicos parecían estar muy atentos… no se fue ninguno y ni siquiera miraron sus celulares! No mostramos ningún comercial, sólo contamos nuestras experiencias, y realmente todos nos sentimos como en casa. Muy lindo.

27/3/17

¿De qué hablamos hoy cuando hablamos de creatividad?

La semana pasada me convocaron como "invitado de honor" a un panel en el Primer Congreso Latinoamericano de Publicidad, organizado por la AAP y la Universidad de Palermo. Cuando llegué, vi que eramos 7 "invitados de honor" y ninguno "standard"… Creyendo que íbamos a ser 2 o 3 panelistas, pensé que empezaríamos con una respuesta de cada uno a la pregunta de la convocatoria, pero no… eso no ocurrió. Ya que no pude decir más que 2 o 3 cositas, pego mi respuesta aquí.

¿De qué hablamos hoy cuando hablamos de creatividad? Hablamos de moda, de cocina, de youtubers, de it girls, de series de televisión como nunca habíamos visto… de humoristas, poetas, filósofos de 140 caracteres, de contenidos creados y difundidos por la gente, de blogueros que terminan convertidos en escritores, de videos increíbles producidos con un teléfono, de aplicaciones que nos permiten hacer cualquier cosa… Cuando hoy hablamos de creatividad hablamos de un movimiento que parece inagotable y es radioactivo: se sabe dónde empieza pero no dónde va a terminar.

Citando a los clásicos –clásico de publicitarios-, recuerdo siempre el lema del Chef Gusteau, de la película Ratatouille: “cualquiera puede cocinar”.

Y es cierto. Cualquiera puede cocinar y cualquiera puede tener ideas brillantes, venga del campo que venga.

Por eso también recuerdo lo que decía Mr. Ego, el desagradable crítico de restaurantes, cuando sobre el final de la película, probaba la comida del ratoncito: “Nunca escondí mi desdén por el lema del Chef Gusteau: “cualquiera puede cocinar”. Pero, me doy cuenta que recién ahora comprendo sus palabras. No cualquiera puede convertirse en un gran artista, pero un gran artista sí puede provenir de cualquier lugar”.

Creo que es una gran noticia que la creatividad pueda estar en cualquier lado. Y que no haya ningún tipo de discriminación. Tampoco de edad. Hace unos años, un diario instituyó un premio literario a la Nueva Novela que ganó una historia audaz y provocadora como pocas. Cuando se reveló quién estaba detrás del seudónimo del autor, se descubrió que era Aurora Venturini, una escritora de 85 años!

Todos tienen (tenemos) algo para aportar. Pero, ojo, cuando hablamos de creatividad publicitaria no todo vale.

Hace muchos años escribí un artículo que me hubiera gustado traer, pero no encontré. No recuerdo bien el texto, pero sí el título: Para manejar la creatividad, habría que sacar registro.

Y de eso se trataba. Del carácter profesional de nuestra actividad. De la importancia de ejercerla con idoneidad. De la formación que hace falta para hacer lo que hacemos… Un tipo con chispa no es lo mismo que un creativo publicitario. Por más que en los últimos años, entre muchas cosas valiosas, también hayamos visto mucho fuego artificial sin sustento.

Esa falta de sustento –de hacer las cosas porque sí, porque son divertidas, o porque pueden asegurarnos un premio- es lo que vuelve vulnerable a nuestro trabajo. Y hace que cualquiera pueda opinar.

Hace más de 40 años que trabajo en creatividad y todavía no me acostumbro a que un cliente diga “no me gusta”. OK, hay un margen para el “no me gusta”… pero si estamos trabajando entre profesionales, nuestras propuestas tienen que tener fundamentos y las devoluciones de nuestros clientes, también.

Creo que en este tema los festivales tampoco ayudaron mucho. Hay demasiados premios, demasiada “autorreferencia”, demasiado trabajo puesto en función de eso… pero, bueno, ese es otro asunto.

Lo que digo, volviendo a la pregunta original, es que hoy hablar de creatividad es hablar de prácticamente todo. Siempre se dijo que en todo puede haber creatividad, pero hoy es más cierto que nunca. Y es genial que sea así. Pero, de nuevo, si los creativos publicitarios no queremos perder terreno ni quedarnos afuera de lo que se viene, tenemos que entender que lo nuestro es bastante más que creatividad y que ése es justamente el rol que deben seguir jugando nuestras ideas: solucionar problemas, generar reacciones, producir resultados… o como diría Hugo Casares de un modo prosaico pero clarísimo: hacer sonar la caja registradora.

De izquierda a derecha: Peta Rivera y Hornos, los mellizos Mercado y Gil, Raúl Manrupe, Carlos Acosta (coordinador), Mariano Pasik, Gonzalo Vecino y yo.

18/7/16

Nadie quiere leer tu mierda

Lo que sigue lo twitteó Santiago Olivera, que a su vez lo sacó de un libro de Steven Pressfield. Cuando pueda lo voy a traducir… pero, para el que lo entienda, creo que está muy bueno… especialmente si está intentando trabajar en publicidad. Aquí va:

Nobody wants to read your shit

“The first thing you learn in advertising is that no one wants to read your shit.

Your ads I mean.

People hate ads. I hate them myself.

I hate TV commercials.

Why should I waste my valuable time watching that lying garbage, trying to sell me crap I don’t need or want?

Sometimes young writers acquire the idea from their years in school that the world is waiting to read what they’ve written.

They get this idea because their teachers had to read their essays, or term papers, or dissertations.

In the real world no one is waiting to read what you’ve written.

Sight unseen they hate what you’ve written.

Why?

Because they might have to actually read it.

Nobody wants to read anything.

Let me repeat that.

Nobody – not even your dog or your mother – has the slightest interest in your commercial for Rice Crispies or Delco batteries or Preparation H.

Nor does anybody care about your one-act play, your Facebook page or your new sesame chicken joint at Canal and Tchoupitoulas.

It isn’t that people are mean or cruel.

They’re just busy.

Nobody wants to read your shit.

What’s the answer?

1) Streamline your message. Focus it and pare it down to its simplest, clearest, easiest-to-understand form.

2) Make its expression fun. Or sexy or interesting or scary or informative. Make it so compelling that a person would have to be crazy NOT to read it.

3) Apply that to all forms of writing or art or commerce.

When you understand that nobody wants to read your shit, your mind becomes powerfully concentrated.

You begin to understand that writing/reading is, above all, a transaction.

The reader donates his time and attention, which are supremely valuable commodities.

In return, you the writer must give him something worthy of his gift to you.

When you understand that nobody wants to read your shit, you develop empathy.

You acquire the skill that is indispensable to all artists and entrepreneurs – the ability to switch back and forth in your imagination from your own point of view as writer/painter/seller to the point of view of your reader/gallery-goer/customer.

You learn to ask yourself with every sentence and every phrase: Is this interesting?

Is it fun or challenging or inventive?

Am I giving the reader enough?

Is she bored?

Is she following where I want to lead her?”

13/6/16

Golden meeting

La gente de Atacama nos reunió para darle la bienvenida a los Golden Brain 2015 y para empezar a pensar en los candidados del 2016. Hubo una suelta de piropos para varios de los propuestos y maledicencias para otros, pero al término de la reunión reinó la paz y, como buenos argentinos y mad men, nos fuimos a comer y beber todos juntos.


Desde el fondo hacia adelante, Academy Award Winner Luis Puenzo, Jorge Gandolfo, Miguel Daschuta, Antonio Barreiro, yo y Pelusa Suero. Enfrente: María Marta Llosa, Mary Teahan y Juan Alzaga. También estuvieron, pero no salieron en la foto: Juan Gujis, Patricio Bonta, Alberto Banchero, Héctor del Piano, Jorge Irazu, Luis Ibarra García, Mabel Astesiano… y nuestros amables anfitriones.

2/6/16

Nada se pierde, todo se transforma

Como conté en el posteo anterior, este verano estuvimos muy activos dando vueltas con un trailer de L´Oreal…

Tanto nos gustó el chiche que para el Encuentro Nacional de Retail, en el que todos los años participa Coca-Cola, decidimos instalar otro, más chico y urbano, pero trailer al fin.

Nos habíamos recopado con la idea… hasta que caímos en la cuenta que la expo se hace en el subsuelo del Hilton al que se accede por escalera normal, por escalera mecánica o por un montacargas bastante más chico que nuestro armatoste.

La idea estaba vendida y el trailer tenía que llegar al stand, así que -como suele ocurrir en nuestra actividad- la desesperación nos trajo la solución: ya que el trailer no podía llegar al subsuelo, debía nacer allí! Y así es que nos pusimos a recrearlo escenográficamente con tanta verosimilitud… que hasta intentaron alquilárnoslo para otras activaciones.


La construcción del stand estuvo a cargo del Arq. Santiago Durini; los graffitis los hizo Julián Pedraza y el catering, Jessica Scarpati (Jacinto). Coordinó Kitty Langbehn y los responsables por el Cliente fueron Leonardo Ferrari, Santiago Lezica y Mariana Belmonte.

23/2/16

Detectives de lunares

Este verano la gente de Publicis Buenos Aires nos propuso producir la acción My Skin Check que su cliente La Roche-Posay ya venía implementando en Europa.

La activación consistía en acercar a la gente la posibilidad de chequear sus lunares a través de la mirada de un equipo de dermatólogas y transmitir la idea de que el 90% de los casos de cáncer de piel, tratados a tiempo, son curables.

Lo que le propusimos a agencia y cliente fue armar un trailer/clínica que pudiera llevar esta iniciativa a diferentes públicos, dando un servicio útil y comunicando lo que había que comunicar.

La acción se desarrolló entre noviembre del 2015 y enero del 2016, y nos tuvo dando vueltas por varios centros comerciales de Buenos Aires (Nordelta, Paseo Pilar, Boulevard Shopping) y por distintas playas de Mar del Plata y Pinamar.


Las responsables por la agencia fueron Paula Katz, Alicia Berasategui y Sofía Creimer. Las responsables por el cliente, Rocío Márquez y Carla Bozic. La producción estuvo a cargo de Juan Pablo Rial y la supervisión, de Matías Fernández Castro.

9/2/16

Navidad en colores

Nos pidieron un proyecto para decorar el nuevo lobby del edificio de Coca-Cola y lo que les propusimos fue armar una especie de galería de arte que acompañara distintos momentos del año con visiones de diferentes artistas.

El primer "momento" fue Navidad y el primer invitado, el ilustrador y escritor Istvan Schritter.

Los cuadros de la galería tomaron la forma de la clásica botella Contour y reflejaron -desde la óptica de nuestro artista- el espíritu de la época.

La intervención se completó con un video que presenta a Istvansch (tal el nombre de guerra de nuestro invitado) y explica el sentido de la activación: https://www.youtube.com/watch?v=Y4g2YB6W7yg

Haciendo las cosas que hace un director creativo -avisos, comerciales, activaciones, promos- y mirando a su alrededor para seguir haciendo. Bienvenidos.



contacto

Raúl López Rossi 15 5 964 5482 raul@lopezrossi.com.ar

bio RLR


2005/2017
Raúl López Rossi
as himself

2003/2005
Leo Burnett Worldwide, Inc. Latin America Headquarters
Director Creativo Regional

1999/2003
López Rossi&Flia
Titular, Director Creativo

1996/1999
DDB
Director Creativo General

1988/1996
López Rossi/Nesci (anteriormente López Rossi/Lopardo)
Socio, Director Creativo

1985/1988
Grey
Director Creativo General

1980/1984
Ogilvy
Director Creativo General

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Emilio Lamarca 343, 1er piso Of.17, Martínez (1640) Buenos Aires